Las puertas de cristal me han fascinado siempre por su doble naturaleza, separan, cierran, contienen un espacio en su interior y, al mismo tiempo, comunican, abren y unen dos ambientes físicos y conceptuales.

Del cristal siempre he amado la transparencia, su capacidad de convertirse en luz y geografía de las emociones. De las puertas he apreciado siempre su valor simbólico, la representación del paso entre el mundo conocido y un mundo nuevo, de fantasía, de emociones, un mundo interior.

En cada diseño encuentro en la materia viva del cristal la posibilidad de grabar, de trazar signos de vida, para llevar hasta el interior aquello que está en el exterior, para unirlo con la transparencia y la luz.

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